Hoy, imaginar una operación cerebral fuera de un quirófano estéril es casi imposible. Incluso en un hospital bien equipado, es un procedimiento de alto riesgo. Intentarlo en medio de la selva sin las herramientas necesarias podría parecer una sentencia de muerte segura. Sin embargo, los descubrimientos arqueológicos revelan una historia completamente diferente.
Constantemente escuchamos sobre los avances de la medicina moderna. Pero a veces, los hallazgos arqueológicos sugieren que la medicina del pasado dio pasos agigantados que hoy parecen impensables. El hallazgo de cráneos de hace siglos con agujeros perfectamente practicados y evidencias de curación demostró que la neurocirugía no es un invento tan reciente.
Desde 1895, cuando el diplomático estadounidense E. G. Squier encontró una calavera con un orificio, los arqueólogos sospechaban que los Incas y sus antecesores andinos realizaban procedimientos en el cerebro. Más tarde, descubrimientos de cráneos de hasta 800 años de antigüedad confirmaron estas teorías. Las técnicas incas eran, sorprendentemente, más avanzadas que las utilizadas durante la Guerra Civil estadounidense.
La Increíble Tasa de Supervivencia de Los Incas
Antes de elogiar las proezas incas, es crucial entender que no empezaron de cero. Heredaron siglos de conocimiento acumulado por sus ancestros, miles de años de intentos y errores por parte de curanderos. Y los avances eran evidentes.
Se estima que alrededor del año 400 a.C., la tasa de supervivencia de la trepanación craneal era de aproximadamente 40%. Para la época Inca, después del año 1400 d.C., esta cifra se disparó de manera asombrosa. La tasa de éxito de estos procedimientos rondaba entre el 75 % y el 83 %, y cerca de la ciudad de Cusco, ¡alcanzaba hasta el 91 %!
Comparemos esto: en el siglo XIX, la tasa de mortalidad de soldados que sufrían lesiones craneales y eran operados variaba entre el 46 % y el 56 %. Es verdaderamente admirable que un chamán inca, con un trozo de obsidiana, tuviera el doble de éxito que un cirujano entrenado con herramientas de metal, siglos después.
El Secreto de Su Éxito: Higiene y Remedios Naturales
Todo apunta a que el éxito radicaba más en la limpieza que en la precisión. Los hospitales de campaña de la época eran focos de infección, y la higiene de los médicos era mínima; rara vez se lavaban las manos entre amputaciones y apendicectomías. Los Incas, en cambio, mantenían al paciente en un ambiente limpio y al aire libre. Para la limpieza de las heridas, utilizaban decocciones y tinturas herbales.

Sus bálsamos de resina eran especialmente notables. Aunque los Incas desconocían el concepto de bacterias, estos ungüentos lograban prevenir infecciones de manera efectiva.
Obsidiana: Más Filosa que el Acero, Reemplazo de la Taladradora
Mientras que hoy los neurocirujanos no conciben su trabajo sin una taladradora, los Incas se las arreglaban con obsidiana. Este material volcánico es más filoso que el acero, produce cortes limpios sin fragmentos que puedan dificultar la curación, y simplemente corta el tejido sin desgarrarlo.
Aquí, la clave estaba en una mano firme y el desarrollo de la técnica. Los hallazgos muestran que en cráneos más antiguos se realizaban cortes cuadrados o rectangulares. Sin embargo, posteriormente, la técnica evolucionó a un método de excavación o raspado. Aunque esto pudiera parecer menos práctico y más lento, permitía al cirujano controlar mejor la profundidad de la incisión, evitando dañar las meninges.
¿Y la Anestesia? El Poderaco de la Naturaleza
Técnicamente, los Incas no contaban con anestesia como la conocemos (chloroformo o éter eran desconocidos). Pero esto no significa que dejaran a sus pacientes retorcerse de dolor. Sabían cómo recurrir a la naturaleza; su farmacología era extremadamente avanzada.
El uso de la coca era extensivo. Los pacientes masticaban hojas de coca, que a veces se aplicaban directamente en la herida. Además de ser un potente anestésico natural, la coca reduce la hemorragia al contraer los vasos sanguíneos. Antes de la operación, a menudo se administraba "chicha", una cerveza de maíz fermentado, cuyo propósito era embriagar al paciente y atenuar sus sensaciones.
Sin embargo, para intervenciones cerebrales, se requería una calma total. Aquí entraba en juego una "arma" más potente: el estramonio y otras plantas de la familia de las solanáceas, ricas en escopolamina y atropina. El paciente no perdía la consciencia, pero era incapaz de sentir dolor y, crucialmente, no recordaba la intervención.
La resistencia de los pacientes de la época inca es tan admirable como la habilidad de los cirujanos. Se ha descubierto un cráneo de un hombre que, a lo largo de su vida, ¡sufrió hasta siete trepanaciones! La trepanación inca demuestra que, hace cientos de años, la humanidad encontró maneras de sobrevivir a traumas severos, incluso en áreas que creíamos dominio exclusivo de la medicina actual.
¿Qué te parece más sorprendente de estas antiguas técnicas quirúrgicas? ¡Déjanos tu opinión en los comentarios!